viernes, abril 24, 2009

Dormís ?




















- Hola Verónica, dormís?
- Eh? Que? No, no, Lola? Lola?
- Si, yo, no te asustes, vine porque no puedo dormir, estaba pensando en vos, mucho, y vine
- Ay Lola, no entiendo, esperá, me levanto. Que raro Lola, es como que floto, no se, estoy muy liviana
- Si, Veronique, vamos, dame la mano y salgamos afuera, así hablamos mas tranquilas. Dejame que te explique, nada mas vengo a buscarte un rato, quería mostrarte algo
- Lola, es increíble, allá veo mi cuarto, lejos, como si lo viera a través de prismáticos o con un gran angular, allá me quedé yo, Lola, me ves?
- Si, amore, te veo, pero no te preocupes, tenés muchas Verónicas, me llevo sólo a el poeta, dejá que las demás duerman
- Lola, mi lolis, estás tan loca, me viniste a buscar sin avisarme
- No te avisé porque no sabía que podía venir, todo surgió de golpe, anoche, hubo algo especial en el reflejo de la luz, fue tan sutil que casi me lo pierdo, un pestañeo en el cielo y un destello color naranja se cruzó por mi pupila. Unos instantes después de reacomodar mi mirada, el paisaje me trajo a Verónica retratada en un jardín azul, dormida, como un imán seguí la escena, metiéndome adentro como Mia Farrow en “La Rosa púrpura del Cairo”, avancé sin dudar hasta acercarme a tu cama, simplemente me incliné y te dije hola al oído, y vos estabas ahí, Verónica, no sé cómo
- Pero … Lola, y ahora dónde estamos?
- No sé, Veronique, pero vamos, caminemos, ya se que es muy raro, pero confía en mí, dejame llevarte
- Si, llevame, yo sigo ahí dormida, que se yo
- No tratemos de entender, es una mas de estas cosas
- Si, será, o debe ser un sueño
- Un sueño, si, eso amore, un sueño

Lola sabía que no, que no era un sueño, pero no podía decírselo, no entendería, ella misma no entendía cómo había sucedido, pero tenía la certeza de que era real. Algo muy poderoso se hizo presente esa noche, como un huracán en medio del deseo. Lola vio a Verónica en ese espacio inmenso en el que habitan las imágenes y supo que podía acercársele, que podía tocarla, y lo mas curioso, podía armar el escenario de fondo, recorriendo habitaciones de una casa inmensa en la que cada una contiene una ambiente ya imaginado, con todos los detalles tal como los podemos crear en nuestra fantasía, llena de atributos que no podrían juntarse en la lógica, pero que acá aparecen mágicamente sin desentonar. Recorrió el lugar con miradas rápidas, abrió algunas puertas aunque la mayoría de las escenas transcurría al costado, a la vista cuando se daba vuelta, como si su propio cerebro fuera creándolas a medida que las iba pensando, así la vio con un suspendido asombro, tenía todo, las claraboyas, las velas, los libros, que parecían dejados tal como los habían olvidado la última vez, las especias y los licores. Se sentía embargada de algo extravagante, transitaba por su adentro como el abuelo de pinocho en la ballena, podía recorrer todos los espacios que su mente visionara. Fue ahí que decidió acercársele, le guardaba esa sorpresa como un quimérico tesoro.
- Verónica, vení, entremos por acá
- Lola, hace frío
- Si, por eso, entremos
Lola y Verónica entran de la mano por una arcada oscurecida de tal modo que no puede verse que hay del otro lado, a pesar de que se distingue nítidamente el espacio de dos o tres pasos para adentrarse al otro ambiente; al traspasarlo, increíblemente, sin mediar puerta alguna, ni cortina, ni nada, ven su casa, un ambiente grande, muy grande, una lugar para todo, para estar, para comer, para leer, para dormir, para cocinar, para todo junto, si bien no era ni un living, ni comedor, ni cocina, tenía todos los elementos necesarios para serlo. En un ángulo, bien al fondo y contra una inmensa ventana que daba a la calle y en la cuál, sin racional explicación, sólo podían verse los pies de las personas y los adoquines de la vereda, un montón de almohadones gigantes y chatitos, todos de color natural, se desparramaban invitando a echarse a conversar a la luz de la tenue penumbra. El lugar estaba alumbrado por muchísimas velas encendidas por todas partes. En medio, una mesa muy bajita, cuadrada, enorme, de madera noble y oscura, con infinidad de objetos extraordinarios sobre ella, y notable también que, a pesar de haber tantos, la mesa conservaba muchísimo lugar vacío. En la chimenea crujía la leña como un cuento de Andersen, y de las claraboyas entraba un haz azul que chispeaba entre las llamas. Al otro costado, sobre una mesa de carpintero, bien sólida y rústica, con cajones a los dos lados, un abanico inmenso de especias coloridas, elementos de cocina, cucharas y cucharones, frasquitos, botellas, copas y tablas de madera de todos los tamaños. De todos los vapores que flotaban se distinguía con claridad el olor de la canela y de los azahares, que caían en ramilletes enormes sobre un tablón de madera largísimo que oficiaba de mesada, también lleno de curiosidades culinarias.
Verónica y Lola se miraban extasiadas, mucho, demasiado, a la medida de los sueños, en la vida las cosas se hacen improbables cuando son demasiado perfectas, esto no era real, definitivamente. Desmedidamente hermoso, un delirio descomunalmente ajustado al deseo. Tomaron una profunda bocanada de romanticismo, estiraron sus brazos en un gesto por abarcar todas esas emociones que emanaban de la escena alucinante en la que estaban metidas y entraron.

Lola a solas con el poeta era una combinación paranormal. Algo único y mágico, como una reunión de los 22 arcanos del Tarot, como una anacrónica imagen de algún siglo, una escena pintada al óleo por algún artista renacentista, con toques góticos inspirados en sus aristas mas afiladas. Algo de lo que no te vas a olvidar, nunca

El poeta se recostó largo sobre los almohadones, estiró sus piernas y acomodó sus brazos por detrás de la nuca, respiró por la nariz profundamente, cerró y abrió los ojos reenfocando la mirada, para acostumbrarse a la luz de las velas. Lola puso música, le sirvió una copa de vino tinto, se sirvió una para ella y se sentó a su lado, tocando su cabeza con su mano izquierda, jugando con sus mechones de pelo entre sus dedos, cerró los ojos y acercó la copa, sintió su aroma, y tomó un gran sorbo que sostuvo en su boca por unos segundos, al tragar, un calor le recorrió el cuerpo y sintió sus músculos aflojarse, se corrió el pelo recogiéndolo cuán largo era sobre su hombro derecho, dejó el vino sobre la mesa, y se inclinó para besarlo. Pasaron largos minutos y un torrente de besos. Lola estaba completamente encandilada con la imponente oscuridad de su poeta, sabía que ya no podía abrir sus ojos, se había sumergido en algún extraño mundo y no volvería, todos sus movimientos eran lentos, pausados, extremadamente femeninos, el poeta la emborrachaba con sus besos, con sus abrazos, la enloquecía, perdía la razón. Ella devolvía todas sus caricias con voluptuosa suavidad, rozando con sus dedos tibios cada centímetro de su cuerpo. Su boca era un túnel infinito y su lengua una barcaza sobre el ganges, sus manos acariciándola por momentos la vestían de fina seda de oriente, por momentos la castigaban por hereje. No podía saber en qué tiempo transcurrían los acontecimientos, el escenario cambiaba vertiginosamente, el poeta se transformaba en forma abrupta, Lola veía un mago con galera negra y desnudo que la dejaba atónita con el movimiento de sus dedos sobre su cuerpo, y segundos después era un tirano y corrupto emperador romano que la insultaba y la sometía furiosamente. La piel le quemaba, estaba empapada en sudores, el vino calmaba la sequedad de sus labios, el nunca dejaba de mirarla y eso provocaba en ella un efecto magnético, su entrega era tan absoluta que pudo doblegarlo, apaciguar sus instintos, correrle el velo de la muerte y la incertidumbre, Lola quería extirparle un poema del alma, un verso de amor insaciable, sabe que él lo esconde detrás de su ácida locura, él, en cambio, quería abarcarla toda, tragarse su pequeñez de un bocado, sus brazos la contenían por completo para no dejarla escapar, para amarla y para dominarla, hacía gala con vanidad de su conquista, pero su rebeldía pronto se consumía entre medio de sus piernas.
Lola se entregó al poeta infinidad de veces. El poeta volvió a Lola inmortal.

- Verónica, comemos? Tengo hambre
- Si, Lola, yo también

Lola prendió un cigarrillo, y con el mismo fósforo un sahumerio de magnolia, sabe que a Verónica le encantan.


Te extraño, loca
Lola