
Después de veinte años juntos, y habiendo atravesado varias veces circunstancias parecidas, ya conozco de antemano todos sus impulsos. Sé cómo va a ser el proceso de reacción luego de semejante decisión. Y le pongo el pecho a lo que viene.
Juan nunca se deprime, si entendemos por eso abandono de la voluntad, falta de deseo o tristeza, no, Juan cuando entra en crisis se potencia al máximo. Casi no duerme y está completamente exaltado, su estado de ánimo es como un dínamo a mil voltios de potencia.
El viernes, después de renunciar verbalmente al laburo se sintió inicialmente aliviado, estaba rumiando la idea desde hace unos meses y concretarla lo liberó de la presión de, al menos, no seguir dudándolo. La noche fue apacible, estaba algo agotado de tanto pensar y se relajó bastante, pero el sábado amaneció como un huracán caribeño muy temprano a la mañana, siempre es igual, lo primero que viene es un, para mi previsible, proceso de orden y limpieza. Dar vuelta literalmente la casa, mover los muebles, sacar cosas viejas, ordenar, limpiar, renovar. Encontrar la manera de expiar los pecados a través de la total exigencia, pero con un condimento algo difícil, buscar en los demás (los demás, obviamente, se reduce sólo a mi persona) defectos o imperfecciones, quizás como un modo de sentirse algo mejor en la masificación de los errores.
Yo soy de despertar algo lento, no me es sencillo acompañar el tsunami, sobretodo si son las ocho de la mañana de uno de los únicos dos días en que no debo madrugar tanto, pero, dados los acontecimientos y para no agregar nada a lo evidente, haciendo uso de la virtud de la paciencia, decidí seguirlo, no contradecirlo, convenciéndome de que el movimiento intenso que hacíamos estaría bien de todos modos, siempre hace falta.
Tiró trastos viejos, sacó las cortinas, limpió los vidrios, lustró los muebles, lavó los azulejos, la cocina de punta a punta, los baños. Yo, como una perinola, iba atrás de él colaborando y aguantando su protesta desenfrenada. Me tiró unos cuanto dardos y supe ser el blanco de sus afiladas puntas. Sé que no son para mí sino para él mismo. No es conmigo, es con él, pero las parejas a veces funcionamos de espejo. Cualquier cosa que hiciera o dijera detonaría una bomba y no estaba dispuesta a que explotáramos por el aire, pocas cosas me desencajan más que la desarmonía y la violencia, así que decidí ejercer la aceptación y me adapté.
Cerca de las ocho de la noche, cansada de tanto trajín, probé otro método para sacarlo de su locura. Fui a la cocina, exprimí limón, piqué hielo y preparé dos cargaditos gin tonics (me salen bien, no Verónica?) deshojé y lavé la rúcula, corté un quesito brie, un poco de lomito horneado, preparé un riquísimo aderezo de queso blanco con semillas de amapolas para untar los pancitos, puse a Calamaro sonando con todos esos temas himnos que tanto nos gustan y fui a buscarlo. – Bueno amor, basta por hoy, vamos a disfrutar de la noche del sábado, mañana será otro día – Levantó la vista de unos cajones de esos en los que uno acumula objetos desde hace años y me miró fijo. Le agarré la mano y me lo llevé. Comimos relajados, nos reímos (incluso de nuestros yeites, ventajas de tantos años juntos) el alcohol se nos subió un poco a la cabeza, y para coronar la velada y en un último impulso de energía, me cogió maravillosamente, como sólo él sabe hacerlo conmigo, destilando en cada ondulado movimiento un montón de amor y recibiendo con placer mi absoluta entrega al goce. Siempre, de verdad siempre, llegamos juntos y nos morimos entre los brazos para resucitar unos segundos después.
Exhaustos, nos dormimos cucharita como si el mundo se hubiera terminado en este largo sábado. No sabía que pasaría el Domingo, pero tampoco me importaba, suficiente sentir su piel tibia como un ying yang en mi contorno para ser feliz.
Para que no me extrañes, Verónica, te escribo
Continuará …
Te quiero
Lola