miércoles, julio 15, 2009

Dans ce port si lointain je t'aime


Amanece tan rojo el sol en este puerto lejano.
Viste el poder del ocaso, Lola mía. Te debo este sol que nace en el mar austral redondo y encendido.
Tantas veces amaneció igual y no me di cuenta. En general sería porque estaba dormida.
Solamente vos podes entender mi nueva verborragia sentimental. Esta que apaleo en el post anterior pero que sigue poniéndose de pie y expresándose en vos alta.
Por circunstancias que no puedo explicar con claridad, pero se que conoces, el mago me visita en ese espacio perfecto entre la oscuridad de la noche y la claridad del día. En esa hora que todo parece un sueño, los limites se deshacen entre los hilos de las sabanas, la piel se entibia, la conciencia se relaja.
Capaz no es el mago, quizás es Morfeo. Me despierta para abrazarme entre sus brazos inmensos, me inunda con su perfume, susurra con voz ronca palabras mezcladas, acaricia con su aliento soñoliento cada parte de mi cuerpo. Me devuelve los contornos al contacto de sus manos, me sepulta violentamente bajo el peso de su cuerpo. Me mata Lola. Y me muero. Con espasmos musculares que acalambran mis piernas alrededor de su cintura, con las uñas clavadas en su espalda rígida, con su boca robándome, ese ultimo aliento. Una muerte lenta y placentera, que se repite, Lola mía, abandonada a su voluntad tantas veces como el kiera.
Y me mata, y me muero. Y me mata y me muero.
Jamas deja mi cadáver al costado de la cama. Recorre con su mano mi espalda y por la alquimia de su contacto con alguna vertebra, soy capaz de volver a respirar. Y me abraza, y cada músculo vuelve a funcionar, y cada sentido renace despacito. Mi olfato cuando hundo mi cara en su cuello, el tacto cuando mis yemas recorren su pecho, el oído cuando escucho su respiración entrecortada, la vista cuando miro su perfil recortado a contraluz con la luna en mi ventana, el gusto cuando lo beso.
Entonces invariablemente me despierto, cuando se cierra la puerta a sus espaldas y todo mi espacio que el ocupa vuelve a estar vacío.
Me cuesta dormirme apenas se va.
Me tomo un café y doy mil vueltas por mi casa. Fumo dos o tres cigarrillos.
Me visto, me calzo y salgo. Generalmente camino un rato bordeando la playa. A ver si la brisa fría de este invierno lo arrastra de mi cabeza, a ver si el olor del mar se lleva el suyo.
Y amanece Lola, rojo y encendido.
Y no me entristece su ausencia porque esta tan presente en mi alma, que puedo evocarlo tantas veces con el pensamiento.
Y cuando aun nada puede arrancarmelo, ni la brisa, ni el olor del mar, ni la distancia, le cuento al sol, que lo amo.
Ahora, en este momento detenido.
Sentada en la rambla o escribiéndolo con mis manos.
En este puerto lejano, lo amo.