
Lola:
-"Para evitar que esta relación cause daños físicos serios tendremos dos códigos. Si uno de nosotros dice "amarillo", eso significa que la violencia tiene que ser reducida un poco. Si decimos "rojo", hay que parar inmediatamente."
El sadomasoquismo, es una exploración erótica del dolor o "sexo radical".
Cuando me visto de poeta...
Siempre estoy en amarillo, mi Lola, tan cerca del rojo mi amor, mucho mas que del verde. Ese amarillo titilante en mis sienes, que quema en mi ingle, que se derrite caliente en mi piel, frío glacial que escara el alma, ese que escurre en el orgasmo, ese que se vuelve liquido en las lágrimas, ese que grita, ese que se retuerce, colapsa, se estremece, tiembla, expone su desnudez en una cama extraña, mi esencia mas intima derramada sin pudor en sabanas ajenas, abandono, humillación, domino, sumisión, ese es mi color sin dudas, bonita.
Ese estado border, ese caminar sobre el filo entre el placer y el dolor, eso es para mi el verdadero amor. Es ese sufrir romántico, es el que me acerca a Dios. Como el mártir que se arrodilla y disfruta del sílice clavándose lentamente en el muslo, el dolor como ofrenda de amor, el dolor que libera, el dolor que santifica.
Quien no es masoquista Lola? No solo nos infligimos dolores físicos, no solo es la sumisión al látigo aquello que define esta entrega al sexo radical.
Freud lo conceptúa como una neurosis severa y considera que el masoquismo nace del sadismo vuelto contra la propia persona, bajo la influencia del sentimiento de culpa oculto en el inconsciente. Freud nos habla del sadomasoquismo moral y menciono con énfasis el más sutil, subliminar y tenue: el intelectual, psicológico, incorporal, pero tan agraviante o más que el físico, pues hace estragos en los sentimientos nobles y en la moral, que son agredidos.
Quien no se enrosco en un romance cuya violencia fuera intelectual?, quizás no física, pero capaz de causar el dolor mas agudo, de deshacernos la autoestima, de destruir la imagen que habíamos forjado de nosotros mismos en un día a día de humillacion.
Cuando la Peste Negra se extendió por Europa, los hombres creyeron que era un castigo de Dios a sus pecados. Entonces un grupo decidió entregar su dolor físico para calmar la ira de Dios. Caminaban por las calles y los puentes desnudos a la intemperie, dándose latigazos, autoflagelandose. Sufrían en nombre de Dios y entregaban a Dios su dolor. Finalmente el dolor ya no era sufrimiento sino el placer de salvar a la humanidad. Se los llamo los flagelantes.
Ellos sentaron las bases. Ellos demostraron que recién al conocer los limites de uno mismo, se reconoce uno, a si mismo. Redundante y cruelmente cierto.
El hombre se conoce en aquéllas situaciones limites, en el limite del dolor, en el limite del amor, en el limite del placer.
Sadomasoquismo de Sade y masoquismo de Sacher-Masoch. Y así resulta este amo-esclavo, esclavo-amo.
Para incitar algún deseo primario en vos te cuento, dice el creador de el masoquismo, y a quien debe su nombre en su mas celebre obra, la Venus de las Pieles...
"...en tanto que yo me arrodillaba ante ella y, lleno de una dulce embriaguez, dejaba descansar mi cabeza sobre su seno.
Pero de repente me rechazó con el pie, se levantó e hizo sonar la campanilla. Instantáneamente entraron, provistas de cuerdas, tres negras jóvenes, esbeltas, vestidas de rojo.
Comprendí todo el horror de mi situación y quise levantarme; pero ya Wanda se erguía como una dueña, volviendo hacia mí su frío y hermoso rostro, sus cejas amenazadoras, sus desdeñosos ojos. Hizo una señal con la mano, y antes de que hubiese podido darme cuenta de lo que iba a pasar, las negras me derribaron y ataron de pies y manos, hasta el punto de no poderme mover apenas.
—Tráeme el látigo—ordenó Wanda con una flema imperturbable.
La negra se lo presentó de rodillas a su ama.
— ¡Quítame esta piel tan pesada, me molesta! La negra obedeció.
—¡Atadle a esa columna!
Las negras me levantaron, humillado, desnudo, pasaron una fuerte cuerda alrededor de mi cuerpo y me ataron, en pie, a una de las macizas columnas que sostenían el amplio techo italiano.
Después desaparecieron, como si las hubiera tragado la tierra.
Con una gracia salvaje, ella levantó el brazo y me descargó un latigazo sobre los riñones.
Todo mi cuerpo se estremeció; el látigo había entrado en mi carne como la hoja de un cuchillo.
Los golpes llovían, duros y rápidos, con espantosa violencia, sobre mis lomos, mis brazos, mi cuello. Yo apretaba los dientes para no gritar. Ella se echó a reír sin dejar de pegarme.
—Ahora comprendo el placer de poseer a un hombre que ama. ¿Me amas aún? ¡No! ¡Aguarda, que he de desgarrarte! A cada golpe, el placer que experimento aumenta.
¡Todavía un poco más. Grita! No he de tener piedad.
Por fin se cansó.
Arrojó el látigo, se extendió en el sofá y llamó.
Las negras entraron.
—¡Desatadle!
Al quitarme la cuerda caí a tierra como una masa inerte. Las negras rieron, enseñando sus dientes blancos.
—¡Quitadle la cuerda de los pies! Al fin pude levantarme.
—Ven a mi lado, Gregorio.
Me aproximé a la hermosa, que nunca me había parecido tan seductora como entonces, en su crueldad, en su sarcasmo.
—Da un paso más, arrodíllate y bésame los pies.
Alargó el pie y yo apoyé mis labios en él, ¡loco, pobre insensato!
Y se puso a acariciarme como a un niño, abrazándome, mimándome. Luego me dijo con dulce sonrisa:
—¿Quieres que me quite la ropa y me ponga la chaqueta de pieles?
Se parecía de una manera inquietadora a Catalina II; pero no pude reflexionar, porque, atrayéndome al sofá, me hizo pasar dos horas deliciosas. Ya no era la dueña severa y caprichosa, sino la señora elegante, la amante tierna, la madre cordial. Me enseñó fotografías, libros que acababan de publicarse, discurriendo con tanto ingenio, tanta claridad y gusto, que más de una vez, encantado, llevé su mano a mis labios. Después me leyó dos historias de Lermontov, y posando afectuosamente su mano sobre la mía, mientras sus facciones griegas, adorables expresaban un placer inefable, reflejado también en su dulce mirada, me preguntó:
—Y ahora, ¿eres dichoso?
—Todavía no.
Entonces se tendió sobre el diván, y lentamente se abrió a mi. Pero yo volví vivamente el armiño sobre su garganta de alabastro.
—¡Me enloqueces! —balbucí.
Ya estaba yo en sus brazos otra vez; ya, como una serpiente, me acariciaba con su lengua. Todavía murmuró una vez:
—¿Eres dichoso?
—¡Por encima de todo!..."
Dios salve al poeta, Lola mía. Y a todos los que se crucen en su camino de amor y dolor. Que hacen falta los dos para atravezar este puente. Y los dos viven dentro mio.
Tu poeta, Veronik.